viernes, 24 de marzo de 2017

El valiente Coronel Pascual Pringles

Juan Pascual Pringles nació en San Luis el 17 de mayo de 1795 y murió cerca de río Quinto el 19 de mayo de 1831. Sus padres fueron Gabriel Pringles y Andrea Sosa.

La leyenda cuenta que su casa paterna estaba levantada en la esquina de 9 de Julio y Colón. No se sabe muy bien dónde estudió. Es probable que haya aprendido a leer y escribir en su casa o con algún maestro particular. El futuro guerrero de la Independencia se inició como empleado de comercio en Mendoza. El destino se empecina en tejer esos pequeños contrastes. Durante dos o tres años el joven Juan Pascual se desempeña detrás de un mostrador en la tienda de don Manuel Tabla. En algún momento decide dejar las comodidades del empleo para asumir su destino militar.
Bajo las órdenes de Vicente Dupuy, gobernador de la provincia, el joven Pringles aprende a manejar las armas. Para esa fecha se casa con Valeriana Villegas que será la madre de su única hija: Fermina Nicasia. A mediados de 1818, soldados y oficiales realistas están confinados en San Luis. Es la sanción impuesta por San Martín a los derrotados en Chacabuco. En febrero de 1819 los prisioneros se amotinan bajo las órdenes del general José Ordóñez. No se sabe bien si tomaron la Casa de Gobierno o estuvieron a punto de tomarla. Lo que se sabe es que la respuesta patriota fue fulminante y los amotinados fueron reducidos. Dos personajes se destacaron en ese operativo. Uno se llamaba Pringles; el otro, Facundo Quiroga. Hay que prestar atención a este detalle porque años más tarde el destino volvería a juntarlos.
Un pequeño drama de amor acompaña estas jornadas. El general Ordoñez se enamora de Margarita Pringles, la hermana de Juan Pascual. También está enamorado de ella Bernardo de Monteagudo, pero los favores de la dama son para Ordóñez. Se dice que la pasión amorosa tuvo alguna relación con la rebelión y el posterior ajuste de cuentas. Lo que se sabe es que Monteagudo ordenó fusilar a Ordóñez. En materia amorosa, Monteagudo no era buen perdedor. Tampoco le temblaba el pulso.
En las Chacras de Osorio, el joven Pringles se incorpora al ejército que San Martín estaba formando para marchar a Perú. La expedición sale de Valparaíso el 20 de agosto de 1820. Tres meses después Pringles vivirá su hora más gloriosa. San Martín le había encargado que acompañara a un emisario que debía negociar la deserción de un regimiento español integrado por americanos.
Pringles sale con diecisiete granaderos. En la Caleta de Pescadores, cerca de Chancay, decide hacer un alto. De pronto aparecen en el horizonte dos escuadrones de dragones armados hasta los dientes. Son más de 500 hombres contra 17. El jefe español exige rendirse. El único grito que se oye en el silencio atroz de la tarde es su voz gritando “a degüello” . Los godos no podían creer lo que estaban viendo. Apenas diecisiete hombres se abalanzan sobre ellos como si fueran soldados de juguete.
Después del primer encontronazo, Pringles y un puñado de sobrevivientes quedan acorralados. Al frente, los españoles; a sus espaldas, el océano. La voz de general Valdez vuelve a reclamar rendición. Pringles no lo duda. No ha venido al Perú a rendirse. Se envuelve en la bandera y se lanza con sus soldados al abismo. El coraje es contagioso. Desde el acantilado, los soldados españoles saludan a los bravos. Las olas los arrastran hasta la costa. Valdez propone ahora la rendición condicional. A Pringles y a sus soldados se les respetará la vida y no están obligados a entregar documentos o a revelar secretos.
Unas semanas después, los prisioneros serán canjeados por prisioneros españoles. Valdez le envía un parte al coronel Alvarado en el que pondera las virtudes guerreras de Pringles. San Martín, cuando se entera de la noticia, no lo duda. Ordena que se forjen medallas para Pringles y sus hombres. La medalla tiene inscripta esta frase: “ Gloria a los vencidos de Chancay”.
Y entramos ahora al último tramo de la historia. El escenario son las soledades de San Luis y Córdoba. Otra vez la mano del destino. Pringles acaba de ser derrotado por las tropas de Facundo Quiroga en San José del Morro. Se repliega hasta la provincia de San Luis. Está rodeado. Lo sabe y no le importa. Confía en su estrella. Ha conocido momentos peores. En las orillas del río Quinto es derrotado otra vez. Un oficial le ordena rendirse. Pringles dice que sólo entregará su espada al general Quiroga. El oficial le dispara a quemarropa.
Durante dos o tres días Pringles agoniza en medio del desierto. La patrulla llega finalmente hasta el campamento de Quiroga. Orgulloso, el oficial le muestra el cadáver. Quiroga ya está enterado de todo. Siempre sabía todo. Sus ojos negros brillan furiosos. La leyenda cuenta que los destinatarios de aquellas miradas fue lo último que vieron en la vida.
“ ¡Por no manchar con tu sangre el cadáver del valiente Pringles -le dice- es que no te hago pegar cuatro tiros ahora mismo!. ¡Cuidado otra vez -miserable- que un vencido invoque mi nombre!” Quiroga se ha sacado su poncho, el poncho que lo acompañó en tantas batallas y que lo protegió del frío y de la lluvia, de la soledad y de las derrotas. Se ha puesto de rodillas. Los hombres lo miran en silencio. Con un cuidado, con una delicadeza que ninguno de sus soldados conocía, cubre el cuerpo del bravo coronel Pringles. Imposible un homenaje más justo y más digno.



jueves, 23 de febrero de 2017

Tratado de Pilar

Francisco Ramírez
El Tratado del Pilar fue un pacto firmado en Pilar (República Argentina) el 23 de febrero de 1820, entre Manuel de Sarratea (electo como gobernador provisorio de la Provincia de Buenos Aires) y dos de los gobernadores de la Liga Federal: Estanislao López (Provincia de Santa Fe) y Francisco Ramírez (Provincia de Entre Ríos). El pacto se firmó después de la derrota de las tropas unitarias - casi en su totalidad porteñas -en la primera Batalla de Cepeda (del 1 de febrero de 1820).
Buenos Aires había caído en un desorden, en consecuencia el 16 de febrero de 1820 se convocó un Cabildo Abierto en el cual se creó una Junta de Representantes, la cual designó a Manuel de Sarratea como gobernador interino de la provincia de Buenos Aires. Éste se propuso llegar a un acuerdo con López y Ramírez, firmando el tratado en la localidad bonaerense de Pilar.
Las principales disposiciones del tratado fueron que:
Proclamaba la unidad nacional y el sistema federal (preconizado por José Gervasio Artigas).
Convocaba, en el plazo de 60 días, a una reunión de representantes de las tres provincias en el convento de San Lorenzo, para convenir la reunión de un congreso que permitiese reorganizar el gobierno central.
Establecía el fin de la guerra y el retiro de las tropas de Santa Fe y Entre Ríos a sus respectivas provincias.
Buenos Aires se comprometía a ayudar a las otras provincias en caso de ser atacadas por los luso-brasileños.
Los ríos Uruguay y Paraná se declaraban navegables para las provincias amigas.
Concedía una amplia amnistía a los desterrados o perseguidos políticos.
Determinaba el enjuiciamiento de los responsables de la administración anterior “por la repetición de crímenes con que se comprometía la libertad de la Nación”
Disponía la comunicación del tratado a José Artigas, “para que siendo de su agrado, entable desde luego las relaciones que puedan convenir a los intereses de la Provincia de su mando, cuya incorporación a las demás federadas, se miraría como un dichoso acontecimiento”.
Un compromiso secreto entre los dos gobernadores federales y Sarratea preveía la entrega, a los dos primeros, de auxilios y armas. Los dos gobernadores fueron invitados por el gobierno de Buenos Aires, ciudad donde estuvieron en calidad de huéspedes.
López y Ramírez, fortalecidos por su victoria frente a Buenos Aires, se encontraron forzados a desconocer la autoridad de Artigas ya que éste había sido derrotado en la Batalla de Tacuarembó por los lusobrasileños. Consideraban más correcto estratégicamente reorganizar sus provincias y abandonar de momento la guerra contra los lusobrasileños que les imponía la estrecha alianza con Artigas, quien por esto rechazó el tratado y los acusó de traición.
Los gobernadores de Santa Fe y de Entre Ríos (y luego de Corrientes) consideraban fuera de sus prioridades continuar con la guerra contra la Invasión Luso-brasileña. Suponían que esto arrastraría a sus provincias a una guerra defensiva en su propio territorio y debían concentrar sus fuerzas para imponerse a Buenos Aires que, en ese momento, les parecía más amenazante a sus intereses. Toda la Provincia Oriental, la parte Este de Corrientes y casi toda la Provincia de Misiones se encontraban bajo el poder de los invasores lusobrasileños, que podrían atacar a sus provincias impunemente tal cual estaba ocurriendo con la de Entre Ríos que vio ocupada su capital de entonces (Concepción del Uruguay) por tropas lusobrasileñas (Sorpresa del Arroyo de la China). Para frenar la invasión lusobrasileña lo único que parecía viable a López y Ramírez era aceptar una alianza con los unitarios, aunque éstos fueran enemigos declarados de Artigas. Creyeron conseguirlo con Sarratea, que también era uno de los federales victoriosos, ahora al mando de Buenos Aires. Artigas fue olvidado. Si tal alianza salvó a la Mesopotamia argentina de una anexión al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve, también sirvió para confirmar la anexión al mismo de la Banda Oriental.
El chileno José Miguel Carrera se desentendió de la guerra del litoral y movilizó su ejército hacia Chile. Desplegó una compleja campaña de muchos éxitos, grandes desplazamientos y no pocos sufrimientos. Casi logra su propósito, pero finalmente fue abortada en Mendoza, en la batalla final de Punta de Médano.
El Tratado de Pilar es uno de los pactos preexistentes a los que hace mención el preámbulo de la Constitución Argentina
.

jueves, 2 de febrero de 2017

Anécdotas de Juan Manuel de Rosas

Rosas se había acreditado desde muy joven como habilísimo en todas las faenas que requerían de un perfecto gaucho, hasta tal punto, que ninguno hubiese osado competir con él. En el juego del pato, en las boleadas, en las yerras, en los repuntes y volteadas de ganado salvaje, era el primero, el más osado, el más seguro y lo hacía con tanta gallardía, vestido con el traje pintoresco de paisano, poseyendo elevada estatura y una distinguida belleza personal, que el gauchaje comenzó a observarlo, al principio con curiosidad, más tarde con cariño y terminó por consagrarle esa adhesión inquebrantable que fue la base de su poder.
La fama de este joven de ciudad que domaba, enlazaba y boleaba como el mejor gaucho, que no tenía miedo a la inclemencia del invierno y a quien el sol no detenía en la ramada en pleno verano, cuando era preciso trabajar, empezó a extenderse, como llevada por el viento, de pago en pago. De la pulpería pasó al caserío, de allí a los puebluchos próximos, de éstos a la villa lejana y por fin de ésta a la ciudad, pasando incluso a las tribus del salvaje pampa.
Dos anécdotas de ese entonces marcan la personalidad de Rosas y su profundo conocimiento de la gente de campo. La primera cuenta que él en sus establecimientos había implantado la más rigurosa disciplina, tachada incluso de excesiva por algunos, en cuyo cumplimiento todos reconocían un espíritu de rectitud y justicia que en vano se podría haber buscado en cualquier otro patrón de su tiempo.
El caso es que siendo mayordomo en el campo de Anchorena, el código especial que él mismo había dictado para el régimen interno en las estancias, castigaba con penas de azotes el acto de llevar armas. Cierto día se presentó Rosas armado con un gran facón cruzado en el tirador.
La peonada a su paso cuchicheaba maliciosamente en voz baja, pero se cuidaba muy bien de no decirle nada. Un gaucho, sin embargo, se ofreció a ponerle el cascabel al gato y, adelantándose audazmente, le recuerda la prohibición que hay de llevar armas le preguntó, en tono irónico, si también reza para el mayordomo la pena establecida. El caudillo, lejos de molestarse con la irreverente pregunta, felicitó — peón por su franqueza, manifestándose al propio tiempo sorprendido por la atracción que le ha hecho quebrar las disposiciones que todos debían obedecí, pues sólo por error llevaba el puñal al cinto. Pero ya que había violado la ley debía sufrir la pena consiguiente. Su categoría, dijo, le obligaba a obedecer más que a ninguno los reglamentos de la estancia y a ser un ejemplo de respeto. Y se hizo azotar ante la atónita peonada que jamás hubiese podido concebir la posibilidad de un acto como el que estaba presenciando. Pasado el estupor, vino el comentario apasionado, ardiente. Desde aquel instante la justicia de cuanto castigo impusiera ese hombre no tenía discusión.
La segunda anécdota cuenta que, cierto día, Rosas encontró a tres indios en el preciso momento en que le carneaban una yegua, cuyos despojos se estaban repartiendo. Aprovechando la confusión que su repentina aparición causó en los salvajes, le cortó la fuga interponiéndose entre ellos y sus caballos, amenazando de muerte al que intentase escapar. La sorpresa, la arrogancia del jinete, su tono autoritario y su resuelta actitud, intimidaron por completo a los indios, que se sometieron sin decir palabra, al tiempo de que trataron de excusar su acción con el hambre que los atormentaba. El caudillo les habla entonces en tono cariñoso, en su propia lengua -que conoce tan bien como el castellano- afeando el vicio de robar y ofreciéndoles cuanto necesitan para comer ellos y los suyos. Y haciéndolo como lo dice, los invita a que lo sigan y les regala una docena de animales, repitiéndoles al despedirse, lo que ya antes les había dicho: "No roben, amigos. Siempre que necesiten, pidan y yo les daré".
Y así como la peonada en el caso anterior, en esta ocasión son los salvajes los que quedan atónitos ante una acción que nunca podrían haber esperado. Y al llegar a sus toldos refieren a sus asombrados interlocutores el extraordinario suceso del gran jefe blanco que, al correr de toldería en toldería, va esparciendo la fama de noble y generoso del mayordomo de Anchorena, imponiéndose así al espíritu de aquella gente, mucho más fácil de conquistar por la astucia que por el hierro.

sábado, 29 de octubre de 2016

EMOTIVA NOCHE DE TANGO Y HOMENAJES EN LA BOTICA DEL ÁNGEL

El pasado jueves 27 de Octubre a las 21 hs en la mítica “Botica del Ángel” se llevo a cabo una velada de tango y homenajes a figuras de la cultura y el deporte .
El Trío Muñecas Bravas integrado por Patricia Malanca, Geraldine Trenza Cobre y Gaby "La voz sensual del tango" brindó un excelente show .
Se rindió un emotivo homenaje a la primera actriz Mercedes Carreras.
El presidente del Centro de Estudios y Difusión de la Cultura Popular Argentina José Valle hizo entrega de merecidas distinciones a la trayectoria a las actrices Cristina Tejedor, Victoria Carreras y Noemí Serantes, los actores Héctor Fernández Rubio y Tito Mendoza, los cantantes Danny Cabuche y Abel Visconti, el compositor Oscar Fresedo, los periodistas Carlos Gorrindo, Ricardo Sánchez Barcia, Ariel Bibbo ,Eduardo González, Ricardo Salton , los ex futbolistas Ricardo Elbio Pavoni y Rubén Galván y a la Senadora Provincial Nidia Moirano por su trabajo en defensa de los derechos de la ancianidad.
Asimismo, , se presentó el libro “Tanguito, Historia, personajes y anécdotas del 2x4” de Gabriela A. Biondo y José Valle,de Ed. EN UN FECA, pensado para la educación primaria y secundaria pero recomendado para todo lector que quiera acercarse al género.
Fotografia gentileza de José Ruiz.

martes, 2 de agosto de 2016

Raimundo Ongaro un dirigente gremial que marcó una época

Murió hoy, a los 92 años, Raimundo Ongaro, un referente histórico del sindicalismo argentino y quien fuera, hasta 15 de abril de este año, el secretario general de los trabajadores gráficos.
La noticia fue confirmada esta noche a Clarín desde la Federación Gráfica Bonaerense. Falleció en su casa de Los Polvorines, en Malvinas Argentinas, y fue encontrado en el domicilio por sus familiares.
El histórico dirigente gráfico padecía problemas cardíacos, de acuerdo a lo consignado por el dirigente Héctor Amichetti a Télam.
Ongaro marcó una época en el gremialismo nacional: creó la CGT de los Argentinos, a fines de los 60, durante la dictadura de Juan Carlos Onganía. Fue de la llamada "línea combativa," diferenciándose de los "dialoguistas" con el régimen. En mayo de 1975, su hijo Alfredo Máximo fue asesinado a balazos, crimen que se ajudicó a las bandas de la Triple A organizadas por José López Rega.
Desde el gremio gráfico lo recordaron, en diálogo con este diario, "como un dirigente hiperactivo, lúcido, que en abril pasado estuvo en las elecciones del sindicato donde, más allá de ir a votar, se quedó y compartió un buen rato".
Agregaron que, por aquella vitalidad, la muerte del sindicalista "sorprendió a todos, más allá de los achaques que pueda tener una persona de esa edad".
"No lo esperábamos", concluyeron.
El historiador y escritor argentino José Valle manifestó " Raimundo Ongaro:un hombre honrado y en esta época el calificativo es casi revolucionario."
Ongaro será velado mañana, a partir de las 10, en la sede de dicha Federación en Paseo Colón 731, Capital Federal. Los restos serán sepultados en el Cementerio de Sam Miguel

A 16 años de la muerte de René Favaloro

Hace 16 años, se suicidaba el cardiocirujano René Favaloro de un disparo al corazón. La muerte impacta tristemente en toda la sociedad argentina, en medio de un gran reconocimiento al profesional que se hizo mundialmente conocido por la técnica del by pass. 
En su despedida redactó una desesperada carta al entonces presidente Fernando de la Rúa en la que se manifestaba cansado de luchar, y en la que reclamaba cooperación económica para solventar la fundación que lleva su nombre y en donde el reconocido cardiólogo y educador desplegó una serie de críticas al sistema de salud argentino.
"¿Cómo se mide el valor social de nuestra tarea docente? Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar", escribía el doctor nacido en La Plata en 1923.
“Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario se castiga", redactó en otro párrafo que sigue teniendo la misma vigencia que aquel día.
Hace pocos días, se inauguró el Mural de corazones en su homenaje, creado por artistas del mosaico con colaboración de pacientes del doctor El mural se luce en una de las paredes del hospital San Martín, donde Favaloro comenzó haciendo sus prácticas durante su etapa de estudiante y, luego, decidió llevar a cabo allí su residencia.

sábado, 9 de julio de 2016

El Congreso de Tucumán

Hacia 1815 se había convocado a las Provincias del Río de la Plata para que eligieran diputados para enviar a un Congreso que iba a celebrarse en la ciudad de San Miguel de Tucumán.
La situación política por entonces se había vuelto muy complicada pues ya no peligraba solo la unión entre las provincias, sino también el propio movimiento emancipador iniciado pocos años antes. Tal era el clima imperante cuando se cursaba la convocatoria al Congreso que debía declarar la independencia, una idea tan postergada como anhelada tras la oportunidad perdida por la Asamblea de 1813.
No obstante las dificultades atravesadas, de todos los rincones del territorio, poco a poco comienzaron a llegar a Tucumán los diputados elegidos por las provincias, hasta que la mañana del 25 de marzo de 1816 el Congreso iniciaba sus sesiones con un plan de trabajo definido: declarar la independencia nacional y dictar una constitución para las provincias unidas. Los congresales sumaban un total de treinta y tres miembros, de los cuales diecisiete eran de profesión abogados, y trece eran sacerdotes.
Los siguientes son los diputados que asistieron:
Por Buenos Aires: Tomás Manuel de Anchorena, José Darragueira, Esteban Agustín Gascón, Pedro Medrano, Juan José Paso, Cayetano José Rodríguez y Antonio Sáenz.
Por Catamarca: Manuel Antonio Acevedo y José Eusebio Colombres.
Por Córdoba: José Antonio Cabrera, Miguel Calixto del Corro, Eduardo Pérez Bulnes y Jerónimo Salguero de Cabrera y Cabrera.
Por Charcas: José Severo Malabia, Mariano Sánchez de Loria y José Mariano Serrano.
Por Chichas: José Andrés Pacheco de Melo, y Juan José Feliciano Fernández Campero.
Por Jujuy: Teodoro Sánchez de Bustamante.
Por La Rioja: Pedro Ignacio de Castro Barros.
Por Mendoza: Tomás Godoy Cruz y Juan Agustín Maza.
Por Mizque: Pedro Ignacio Rivera.
Por Salta: Mariano Boedo, José Ignacio de Gorriti y José Moldes.
Por San Juan: Francisco Narciso de Laprida y Justo Santa María de Oro.
Por San Luis: Juan Martín de Pueyrredón.
Por Santiago del Estero: Pedro León Gallo y Pedro Francisco de Uriarte.
Por Tucumán: Dr. Pedro Miguel Aráoz y Dr. José Ignacio Thames.
La ausencia de los representantes de las provincias que conformaban la Liga Federal de los Pueblos Libres: la Banda Oriental, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y Santa Fe se debió a que rechazaron la convocatoria al Congreso realizada por el Directorio, puesto que las mismas se encontraban en guerra contra el ejército enviado por el mismo Directorio.
Las provincias del Alto Perú: La Paz, Cochabamba, Santa Cruz de la Sierra y Potosí, que habían integrado el Virreinato del Río de la Plata no enviaron diputados ya que las mismas se encontraban bajo el poder del ejército realista. Solo lograron incorporarse al Congreso en Tucumán los diputados de Charcas y Chichas.
Tampoco estuvo representado el Paraguay, provincia que desde 1810 se negó a reconocer la jurisdicción de ningún gobierno instalado en Buenos Aires, y ya en 1811 había declarado, aunque de hecho, su independencia de España.
Reunidos los diputados en Congreso en la ciudad de Tucumán, debido a lainestabilidad y los conflictos internos y externos que desafiaban a las autoridades nacionales, situación que preocupaba a los congresales, como primera medida dispusieron el nombramiento de Juan Martín de Pueyrredón en el cargo ejecutivo de Director Supremo, y seguidamente decidieron que era necesario dar el gran paso para el cual habían sido convocados: declarar la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
El 9 de julio de 1816, el presidente del Congreso, Don Francisco Laprida, preguntó con emoción a los congresales: “queréis que las provincias de la Unión sean una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli...? Todos contestaron ¡Sí!, y fueron aclamados vivamente por los vecinos presentes en la sala. Seguidamente se confeccionó el Acta de la Independencia, en la que expresaba (…)solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli...
Diez días después, el 19 de julio, en sesión secreta, y a instancias del diputado Pedro Medrano, debido a la sospecha que los inquietaba de que a espaldas del Congreso el gobierno de Buenos Aires estaba negociando someter a la Unión a un protectorado del imperio portugués, se resolvió enmendar el acta de emancipación, agregándose a la misma que no solamernte nos declarábamos libres de España sino de “toda otra dominación extranjera”, es decir de todo otro país.